sábado, 26 de abril de 2008

MIGRACIÓN Y CAMBIO SOCIAL

ENFOQUES PARA UNA ANTROPOLOGÍA DE LA MIGRACIÓN

Enfoques para una antropología de la migración (Resumen)
Este trabajo, necesariamente esquemático, define la migración contemporánea hacia los países de la Unión Europea como resultado de diferentes condiciones coincidentes en la motivación migratoria. Aquéllas serían, en su más notoria particularidad, a) la economía de mercado, b) la movilidad de los mercados financieros, c) la movilidad internacional de la fuerza de trabajo, d) la innovación tecnológica como forma dinámica de movilidad laboral, e) la sustitución constante de los trabajadores a cambio de subsidios de desempleo, f) las jubilaciones anticipadas, g) la ingenuidad profesional permanente de la fuerza de trabajo joven, h) el vacío estructural constante del empleo a causa de la flexibilidad temporal de los contratos, i) la disponibilidad permanente de una oferta de trabajo barata fuera de los países occidentales europeos, j) la atracción que ejercen los consumos materiales y sociales de la Unión Europea sobre sus periferias económicas, y k) el ideal de progreso y deseo de libertad personal que ofrecen los países democráticos a las personas que viven en regímenes autoritarios. Este conjunto de condiciones se refleja en el discurso, personal y colectivo, de los migrantes y de sus orígenes.


Palabras clave: estrategias de la migración/ mercado de trabajo/ movilidad laboral

El referente contemporáneo
Entendida en nuestro presente, la dinámica migratoria es, en la decisión de sus individuos, muy simple: se reduce a ser la expresión de un deseo de vivir mejor conforme a cánones representativos de una satisfacción de necesidades, primero materiales, y sucesivamente sociales, estéticas y espirituales, generalmente definidas en su praxis por el Occidente. Los que emigran al Occidente desde los llamados países del subdesarrollo quieren ser, paradójicamente, occidentales en la forma económica y mantenerse al mismo tiempo en la identidad de otros ideales espirituales. Las contradicciones suelen ser obvias en este punto, pues tanto como la forma económica, la economía de mercado, es de sello occidental, también el formato cultural que sigue a dicha forma económica, es occidental. Los conflictos de interpretación del sistema ideacional que se intentan desde la parte migratoria, por una parte, y desde la parte anfitriona, por otra, son de magnitud dialéctica. O sea: mientras la migración entiende que debe ser respetada y protegida su identidad de origen, la sociedad de acogida actúa dentro de la perspectiva de que la identidad anfitriona es, por si misma, el valor definitivo de toda condición adaptativa. Lo que ofrece, trabajo, no es negociable en términos de identidad; más bien lo es en términos económicos, esto es, como un valor de mercado.
Si atendemos a las consecuencias de este planteamiento, y si la migración es un valor de mercado, entonces, la economía de mercado es el principal supuesto de la negociación entre las partes. Según esta condición, el código por el que se regula el componente ideológico de la economía de mercado, es liberal dentro del supuesto de que la circulación financiera y la inversión de capitales debe estar abierta a la empresa privada, y del mismo modo que ésta necesita tener libertad de maniobra para disponer la forma productiva que le resulta más conveniente, también asume que la libre circulación de mercancías supone la libre circulación del trabajo. Los valores predominantes son el beneficio máximo posible y la libre competición en el objetivo de conseguir el dominio del mercado. Éste es, por lo tanto, el valor de negociación que se adjunta a la idea de exportar y recibir contingentes de migración humana.
En el entretanto, es difícil conciliar la identidad individual, étnica y nacional, con la idea de que ambas últimas son valores políticos identificables con los valores pragmáticos de la economía de mercado. Si para esta última la internacionalidad del negocio y de la mercancía es el supuesto dominante, lo nacional y lo étnico se pueden considerar interposiciones que estorban toda idea de circulación sin fronteras de lo que es propiamente asunto económico de disposición multinacional. De hecho, por lo tanto, si la migración va con la economía de mercado, y si es parte del sistema de negociación de esta última, la presentación de la identidad étnica o nacional en el contexto de las relaciones estrictamente económicas, se convierte en un supuesto objetivamente anacrónico. Sin embargo, la presencia activa del supuesto es indudable, y en el proceso de la vida social de la economía adquiere un valor de negociación de la identidad a veces necesario, pero siempre en contradicción con la virtualidad circulatoria de la idea que acompaña a las representaciones dinámicas que atribuimos a la economía de mercado.
En esta ocasión, mientras hemos aludido a supuestos que nos parecen contradictorios, pero contenidos en los procesos sociales de la economía de mercado, al mismo tiempo, nos permitimos plantear otras cuestiones aparentemente más familiares en la cuenta cotidiana de los antropólogos. Entrados en una primera perspectiva, puede entenderse que, fuera de la utopía, los ideales migratorios son sencillos en su expresión, la del deseo de realizarse mejor la vida de los individuos, aunque para ello sea necesario hacerlo fuera de su medio actual. Por lo mismo, cabe significar que si los consumos materiales y sociales que acompañan a las formas de vivir del Occidente estuvieran presentes en grado semejante en los países emisores actuales de migración, las cantidades migratorias disminuirían ostensiblemente. Se limitarían a ser la expresión de necesidades ideológicas que van más allá de la satisfacción de los consumos estrictos mencionados. Sin embargo, cuando, como en el caso presente, millones de individuos se identifican con el código ideacional del Occidente, sin que en sus propios países éste se convierta en una realidad convencional semejante a la que demuestran tener los ciudadanos occidentales, entonces, podemos prever que, por identificación con éstos, se producirán migraciones desde los puntos del sistema que no satisfacen dichas necesidades.
No podemos pensar, por lo tanto, que todas las diferencias culturales que representan los diversos grupos étnicos llegados como inmigrados, reaccionarán del mismo modo ante la misma infraestructura cultural o que es propiamente la de los nativos. Pero sí podemos entender que, aún siendo diferentes los grupos étnicos inmigrados entre si, las condiciones de entrada son las mismas para los componentes de esta diversidad social. Lo que no es igual es la percepción que hacen de los inmigrados los grupos anfitriones, y tampoco es igual la percepción que tienen los primeros respecto de los segundos. Así, aunque los prismas, emblemas, juicios y enfoques de la cuestión migratoria varían de percepción entre ambas partes, las formaciones simbólicas del mundo anfitrión suelen parecerse cuando se piensan en términos objetivos, o desde los códigos de ideación del progreso material pensado como referente decisivo de la vida social. El personales. itinerario adaptativo de los inmigrados es también diverso, pues mientras son muchas las resistencias etnoculturales que demuestran tener entre si ambas partes, la anfitriona y los componentes de la diversidad, al mismo tiempo, son también diversas las actuaciones y sensibilidades de cada parte ante las experiencias que realiza con la otra u otras. En todo caso, si ambas formaciones, la anfitriona y la inmigrada, son diversas en sus posiciones sociales y origen, los modos de percibirse serán también diversos.
Por estas razones, la ignorancia de aquel discurso etnográfico que se prolonga parcialmente a otros lugares cuando los individuos o grupos de una determinada identidad étnica se desplazan a residir en ellos, incluso temporalmente, como en el caso de las migraciones golondrinas, convierte en analógico lo que podría ser contextual. Asimismo, y en otro sentido, podemos pensar la migración en términos de personas que abandonan sus hogares distantes, que se arriesgan a perder su norte cultural y que lo hacen en la ciénaga ética del discurso etnocéntrico, en el de aquel que les niega solidaridad afectiva y que, sin embargo, se disponen a soportar con entereza y con los medios cognitivos y capacidades adaptativas que forman parte de sus recursos naturales de energía y culturales de aproximación a los otros, en especial a los que representan ser particularidades anfitrionas.
En ocasiones, uno puede entender la prevalencia de un enfoque psicoemocional, de carácter individual, unas veces, y de representación colectiva, otras. Esto es: también puede ser un enfoque previsible, empíricamente legítimo, en especial cuando a la distancia geográfica que nos separa de los orígenes locales añadimos lo que pueden ser distancias culturales temporales profundas, las que nos recuerdan episodios de otras historias. A este respecto, he pensado a menudo en las peripecias migratorias, no sólo desde el punto de vista de los individuos que pasan de un punto a otro de las pruebas profundas de los viajes del desarraigo, sino que también he recordado con los inmigrados de hoy a lo que fuera el gran viajero Ulises de ayer, o el Edipo que llegó a ser tal precisamente porque huía de la seducción del pecado, y que lo cometió cuando por ser un migrante, acometía a su propio padre. En la desgracia el viaje migratorio es también recuerdo de desventuras

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